lunes, 29 de mayo de 2017

CAPITULO 6




Si alguien le hubiera dicho que a los pocos minutos de regresar a Joyful estaría tumbada en el suelo, con las piernas levantadas y con Pedro Alfonso entre ellas, Paula se habría reído en su cara. Particularmente, si le hubieran dicho que prácticamente medio pueblo estaría mirándola.


¿Cómo se llamaba aquella sensación? ¿Un déjá vu? Porque ésa era la misma posición en la que había estado la última noche que había pasado en ese pueblo, diez años atrás.


El destino, decidió, además de ser muy retorcido, tenía un pésimo sentido del humor.


—Pau, ¿estás bien? —le preguntó Pedro, que se había colocado entre sus tobillos para ver cómo se encontraba.


—No, no estoy bien —consiguió responder.


Se había resbalado con algo. Estaba tan pendiente de evitar la lata, y al hombre al que se le había caído, que ni siquiera había reparado en el otro peligro. Y en aquel momento, tenía el tobillo y el pie retorcidos como una serpiente. Y, por cierto, también su estómago andaba revuelto.


Por no hablar de su corazón.


Cerró los ojos, esperando la primera punzada de dolor. 


Quizá así se atreviera a enfrentarse al hecho de que el primer conocido con el que se había encontrado en Joyful era precisamente el único al que esperaba evitar. Y que además estaba guapísimo.


Cuando era adolescente, Pedro ya era un hombre capaz de robar el corazón a cualquier mujer. Era el malo de los malos. Montaba en moto, fumaba, era el típico personaje de las películas de adolescentes que formaba parte de la fantasía secreta de cualquier chica.


Y el tiempo no había tenido la amabilidad de cubrir su atractivo rostro de arrugas, de dibujar ojeras debajo de aquellos fascinantes ojos azules, o de teñir con canas su pelo. Tampoco la gravedad había tenido ningún efecto en su barriga ni en los músculos de su pecho.


No, Pedro Alfonso no se había convertido en lo que algunas veces Paula había esperado que fuera. De hecho, lo que le parecía era un hombre más alto, más fuerte. Más viril, y, sin embargo, seguía conservando parte del joven al que ella había conocido. Definitivamente, no tenía el aspecto de haber pasado los últimos diez años lamentando la pérdida de lo mejor que le había pasado en la vida; la pérdida de Paula.


No, se había convertido en un hombre atractivo, risueño y ligón. Los vaqueros y la cazadora de cuero podían haber desaparecido, al igual que las cadenas y los pendientes de plata, pero aquella expresión de «sí, puedo ofrecerte todo lo que ves en mis ojos», continuaba siendo cien por cien Pedro.


—Déjame ayudarte —insistió—. Diablos, Paula, no podía imaginarme que te caerías de la sorpresa al verme.


Paula lo miró con los ojos entrecerrados.


—Porque tengo que admitir que verte también ha sido toda una sorpresa, pero no creo que yo vaya a desmayarme.


Pero Paula no creía que su sorpresa pudiera competir con la suya. Ella estaba convencida de que Pedro se habría ido del pueblo mucho tiempo atrás. En cambio, allí estaba, entre sus piernas, intentando descalzarla, como si hubieran estado viéndose todos los días durante la última década, y no solamente en sus pesadillas.


—No ha sido por la sorpresa. Me he resbalado con algo.


Pedro se encogió de hombros y continuó intentando desabrocharle la sandalia.


Paula mientras tanto, intentó recordar la expresión de Pedro al reconocerla. Y tenía que admitirlo: por aquella expresión casi merecía la pena haberse torcido el tobillo. 


«Sorpresa» no era la palabra más adecuada para definirla. 


Habría que hablar de estupefacción. Y, por un instante, por un brevísimo instante, su expresión había sido de alegría.


A Paula no le importaba mucho lo de la impresión. Pero lo de la alegría compensaba las dieciséis horas de viaje y el haber terminado en el suelo con las piernas retorcidas y el hombre más atractivo que había conocido en su vida entre ellas. Y, nada más y nada menos, que delante de todos los embobados compradores del supermercado de Joyful que, evidentemente, continuaban mirándola boquiabiertos.


Suspiró. Menuda aparición después de diez años. Suponía que era absurdo esperar que ninguna de las personas allí reunidas recordara que la habían descubierto en una posición similar la noche del baile del instituto.


Por lo menos, pensó, en el supermercado no estaba desnuda.


Mientras intentaba ignorar el placer que le había causado comprobar que Pedro se alegraba de verla, comenzó a ser consciente de otras partes de su cuerpo que también habían reaccionado.


Porque sí, aquellas caderas perfectas estaban entre sus piernas y mientras fijaba la mirada en el pelo oscuro y tupido de Pedro, se recordaba a sí misma hundiendo los dedos en él. Y de pronto sintió una humedad en las partes más sureñas de su cuerpo, una humedad que no tenía nada que ver con el líquido que le había hecho resbalar.


Cerró los ojos y tomó aire, intentando reunir el valor que necesitaba para enfrentarse a su situación. Humm. Se había caído delante de todo el mundo y se descubría deseando a un tipo al que debería odiar. Y deseando también que su falda no fuera tan corta y su vida sexual no hubiera sido tan miserable últimamente como para que su propio cuerpo la traicionara a pesar del dolor del tobillo. Y de su corazón.


—Lo siento, Paula Lina, pero se te está hinchando mucho el tobillo.


¿Sentía haber provocado el resbalón? ¿O sentía haberle roto el corazón? Por supuesto, no le dio la satisfacción de formular en voz alta la pregunta. No, Pedro Alfonso no tenía la menor idea de que le había roto el corazón.


—Ya nadie me llama Paula Lina —dijo, haciendo una mueca de dolor cuando Pedro le palpó el tobillo con la yema de los dedos.


Pedro se tensó visiblemente y la miró a los ojos.


—¿Tienes otro nombre? ¿Un nombre para la pantalla?


Sin entender muy bien qué interés podía tener Pedro en el nombre que ella utilizara en Internet, se inclinó hacia delante para desatarse la sandalia.


—Lo que quiero decir es que ahora todo el mundo me llama Paula.


—¿Cómo Cher? ¿O Madonna? —preguntó Pedro en un tono que Paula no acertaba a identificar.


Parecía ligeramente violento, pero era lógico que se sintiera así en la situación en la que se encontraban. Especialmente, teniendo en cuenta a los atentos espectadores que les rodeaban.


—No —le explicó pacientemente—. Me hago llamar Paula Chaves. Lo único que he dejado de utilizar es el Lina. Y ahora, si crees que te ha quedado suficientemente claro todo lo relativo a mi nombre, ¿te importaría dejarme en paz para que pueda acercarme a un hospital para que me hagan una radiografía?


Pedro musitó algo y Paula habría jurado reconocer la palabra «descarada».


—Te llevaré a la clínica —dijo por fin cuando la descubrió mirándolo fijamente.


—Olvídate —respondió ella en un susurro—. Puedo ir sola —miró a su alrededor—. ¿Con qué he resbalado?


Ambos vieron entonces una mancha azul de una sustancia pegajosa.


—Me temo que es detergente. O suavizante. Creo que una niña estaba intentando quitar una mancha de zumo de su camiseta.


—Genial, bienvenida a casa, Paula. Disfruta de tu caída —se dijo Paulaa a sí misma.


Pedro se encogió de hombros.


—Tú siempre has sabido cómo hacer una entrada —la miró con los ojos entrecerrados—. Y una salida.


Paula le fulminó con la mirada, sin apreciar en absoluto ni su humor ni aquella mención velada a la última vez que habían estado juntos.


—¿Estás seguro de que ha sido una niña? A lo mejor eras tú el que necesitaba quitarse alguna mancha, aunque jamás habría pensado que eras uno de esos hombres que podían terminar con los pantalones mojados con solo mirarme.


—Cariño, siento desilusionarte, pero de momento no me has hecho temblar —bajó la voz—, ni tampoco necesitar quitarme los pantalones a toda velocidad —le dirigió una maliciosa sonrisa—, para variar.


Otro recuerdo peligroso. Desde luego, Pedro no había necesitado que le urgiera a quitarse los pantalones la última vez que habían estado juntos. El muy perro...


Antes de que Paula hubiera tenido tiempo de ceder a su primer impulso, que fue soltar una carcajada, o al segundo, que le invitaba a abofetearlo, Pedro continuó:
—Ha sido la hija de los Deveaux. Creo que todavía tiene dificultades para beber con pajita.


—¿Y qué pasa? —preguntó Paula, alzando la voz y mirando a su alrededor—. ¿No hay una fregona en todo el supermercado?


Las jóvenes cajeras, tan cotillas y fascinadas como el resto de sus clientes, intercambiaron una mirada. Paula la interpretó inmediatamente. Se estaban pidiendo en silencio la una a la otra que se ocupara de poner remedio a aquel desastre. Y ninguna estaba dispuesta a hacerlo. Paula casi podía predecir cómo iba a terminar todo aquello: con una partida a «piedra, papel, tijera» para determinar quién era la encargada de limpiar el suelo. En Joyful, había cosas que nunca cambiaban.


—Ojalá hubiera tenido una cámara para sacar una fotografía para el periódico —dijo Tomas con una risotada burlona—. Ya me estoy imaginando el titular. «Estrella resbala en...»


—Ya es suficiente, Tomas —musitó Pedro, dirigiéndole una mirada de advertencia.


¿Estrella? Antes de que Paula tuviera tiempo de preguntarle a ese anciano de qué demonios estaba hablando, una de las cajeras buscó debajo de la caja registradora y sacó una cámara.


Aquello ya fue el colmo para Paula. Sin decir una palabra más, se agarró a la camiseta de Pedro y apoyándose en sus hombros, consiguió incorporarse ligeramente. Ignoró la repentina oleada de calor en el vientre. Seguramente, era producto de la vergüenza. No tenía nada que ver con la claridad con la que sintió el calor de su aliento contra ella.


Y tampoco con sus labios. O con su boca. Definitivamente no.


La risa que se oyó entre los espectadores le hizo enderezarse. El tobillo le dolió, pero se volvió y se dirigió cojeando hacia la puerta. No tenía valor para seguir soportando aquella humillación después de la noche que había pasado. ¡Después del mes que había pasado!


Paula no tenía ningún problema para reírse de sí misma cuando se lo merecía. Pero aquello ya era excesivo. Estaba estresada, sin trabajo y agotada de conducir. Y sin un solo penique. Después, se había visto obligada a enfrentarse al tipo que le había robado la virginidad y le había roto el corazón.


Y por si eso no fuera poco, por si todavía faltara la guinda del desastroso pastel en el que se había convertido su vida, había terminado cayéndose al suelo encima de una sustancia repugnante delante de medio pueblo.


Maldita fuera. Había días en los que no merecía levantarse de la cama. Pero entonces recordó algo: no había podido permitirse el lujo de pagarse ni un motel barato de carretera. 


En realidad, llevaba más de veinticuatro horas sin dormir.


No le extrañaba que estuviera a punto de llorar. Y no de dolor, o por la humillación. Ni siquiera por haber vuelto a ver a Pedro Alfonso. Era el cansancio el que le provocaba aquel escozor en los ojos, y el causante de que tuviera las pestañas sospechosamente húmedas.


Aquel día era candidato a convertirse en uno de los cinco peores de su vida.


Estaba llegando a la puerta del supermercado cuando se dio cuenta de que Pedro la había seguido. Rápidamente, la adelantó, bloqueándole la salida.


—¿Adónde crees que vas? Casi no puedes andar.


—Quiero alejarme de aquí.


—Así que vuelves a huir, ¿eh? Ése es tu modus operandi, ¿verdad? En cuanto te encuentras con una situación embarazosa, sales huyendo —sacudió la cabeza con gesto de disgusto—. Típico de Paula Lina Chaves.


Paula apretó los dientes con tanta fuerza que le dolieron. 


Pero ya había proporcionado suficientes temas de conversación por un día. Así que no iba a regalarles también una discusión a gritos con Pedro intentando dilucidar quién había abandonado a quién.


—Por favor, déjame en paz.


Intentó rodearle. Al final, renunció a aquella estúpida sandalia que hacía que el tobillo le doliera cada vez más. Se inclinó para quitársela y se dirigió hacia la puerta con la cabeza bien alta. O, al menos, todo lo alta que podía, teniendo en cuenta que descendía al menos cinco centímetros cada vez que pasaba de pisar con el pie bueno, en el que todavía llevaba puesta la sandalia, al malo que, por cierto, le hacía retorcer el rostro de dolor cuando apoyaba en él todo el peso de su cuerpo.


Sin embargo, Pedro no parecía dispuesto a permitirle hacer la gran salida. Paula apenas había podido darse un respiro cuando sintió que la levantaba en brazos.


—Serás cabezota —musitó mientras lo hacía.


Por el esfuerzo que le había costado levantarla, bien podría haber sido una muñeca. Paula sólo tuvo tiempo de sujetar con fuerza la sandalia que llevaba en la mano para evitar que se cayera antes de que las puertas del supermercado se abrieran, dejando entrar una ráfaga de aire caliente.


Todavía no habían salido cuando comenzaron a levantarse los murmullos. Paula gimió para sí. Por si no hubiera bastado con la caída, estaba saliendo del supermercado como si fuera la protagonista de una novela romántica. Y el protagonista era, nada más y nada menos, que el primer tipo que le había roto el corazón cuando era una adolescente.


Paula se inclinó hacia él para evitar que pudieran oírles mientras le decía:
—Bájame ahora mismo si no quieres llevarte una patada.


Pedro arqueó una ceja con expresión divertida.


—¿Con un pie roto?


—No tengo el pie roto.


—Pero si me das una patada, terminarás rompiéndotelo.


Pedro, por favor, no me hagas esto.


—Ya lo he hecho. Y ahora, cierra el pico, Paula, y vamos a hacerte una radiografía.


Paula vio por encima del hombro de Pedro que algunos clientes del supermercado se acercaban sin hacer ningún esfuerzo por disimular que estaban intentando oír su conversación. Seguramente, no había vuelto a pasar nada tan emocionante en Joyful desde que... Oh, desde hacía diez años. Es decir, desde la noche en la que aquel canalla la había seducido públicamente y después la había dejado sola, delante de un puñado de curiosos embobados mientras intentaba atarse a toda velocidad los botones del vestido que había llevado al baile.


Antes de que hubieran tenido oportunidad de escapar, una voz femenina gritó:
—Eh, Pedro, ¿no te llevas la salsa?


Paulaa miró a la cajera que acababa de hablar, una joven pelirroja con serios problemas de acné que les miraba con los ojos abiertos como platos.


—Volveré a por ella —le informó Pedro.


—Tendrás que comprarla, porque se ha abollado al caerse.


—Sí, y tu cita se llevará una gran desilusión si no le preparas un plato tan exquisito.


—Además, si tú no la pagas, me la hará pagar mi jefe —continuó diciendo la cajera.


Sí, claro. Como si su jefe no fuera a enterarse de lo ocurrido en menos de cinco minutos. Todas y cada una de las personas que había en la tienda debían estar a punto de salir corriendo para empezar a hacer correr la noticia por todos los rincones del reino de Joyful.


Paula intentó zafarse de los brazos de Pedro.


—Vete a pagar la salsa y yo iré andando a mi coche. Creo que puedo conducir perfectamente hasta la clínica —le dirigió después una maliciosa sonrisa y susurró—. Has abollado la lata. Y no quiero que vuelvan a acusarte de vandalismo...


Un buen golpe. Pedro abrió los ojos de par en par ante aquella ofensa y apretó los labios. Recordaba perfectamente el momento en el que le había contado que le habían acusado de estropear las fuentes del pueblo cuando era niño. Era otro de los recuerdos de aquella noche del baile, de aquellas largas horas de conversación durante las que le había contado lo que había sido crecer en Joyful siendo miembro de una de las familias con peor reputación del pueblo.


Desde luego, algo no muy diferente a lo que había sido crecer siendo una niña rica en un internado extranjero.


Los dos habían soportado la misma soledad.


—Maldita sea, han conseguido malearte durante todo el tiempo que has pasado fuera, ¿verdad?


El anciano que había hecho el comentario de la cámara, y que llevaba los pantalones subidos casi hasta el cuello, soltó una risotada burlona. Sí, probablemente él aprobaría aquellas prácticas propias de un hombre de las cavernas. Paula le fulminó con la mirada y Tomas se volvió inmediatamente y fingió estar examinando con atención un anuncio de papel higiénico.


Una joven madre que estaba al lado de uno de los estantes, le dio a su hijo una bolsa de golosinas para que dejara de llorar. Evidentemente, no quería perderse ni una sola palabra de la discusión entre Paula y Pedro.


—Y tú te has vuelto sordo —contestó Paula por fin, sin hacer ningún esfuerzo por mantener la voz baja. No le importaba que todos la oyeran y tomaran incluso nota de lo que decía—. He dicho que me bajes.


—Muy bien, y yo he dicho que no.


Sin decir una palabra más, cruzó la puerta a grandes zancadas, sosteniéndola todavía entre sus brazos. Paula miró por encima del hombro y vio que la cajera, su compañera de trabajo y todos y cada uno de los clientes, corrían hacia el escaparate y estaban casi a punto de pegar las narices contra el cristal para poder ver mejor.


Pedro ni siquiera se detuvo cuando pasaron por delante del descapotable de Paula. Cuando llegó a su todoterreno negro, la dejó en el suelo. Paula quedó atrapada entre el coche y su propio cuerpo y una nueva oleada de recuerdos invadió su cerebro. Recordaba lo que había sido bailar con él, tanto verticalmente durante el baile como horizontalmente bajo la luz de la luna.


—¿Es que no entiendes el significado de la palabra «no»? —le preguntó Paula, preguntándose a su vez por qué de pronto su voz le parecía tan débil—. ¿O hace tanto tiempo que una mujer no te ha dicho esa palabra que, sencillamente, habías olvidado cómo sonaba?


Pedro arqueó una ceja.


—¿Estás celosa?


—Oh, por favor, no digas tonterías.


—Paula, contéstame a una pregunta. El coche con el que has venido, ¿es automático o de marchas manuales?


Nerviosa por el repentino cambio de tema, por no hablar de su cercanía, admitió:
—Manual.


Pedro asintió.


—Por supuesto, tú jamás te habrías comprado un coche que no chirriara como un murciélago recién escapado del infierno. Tu pobre cambio de marchas debe de estar destrozado.


Paula no podía negarlo. Las marchas automáticas le habían parecido casi un sacrilegio para un coche de ochenta cilindros que podía pasar de cero a noventa kilómetros en el tiempo que tardaba ella en arreglarse el lápiz de labios mirándose en el retrovisor.


—¿Qué tobillo te has torcido?


Paula siguió el curso de su mirada hacia el pie izquierdo, que estaba ya comenzando a hinchársele. Y entonces comprendió adónde quería llegar. Intentar pisar el embrague con el pie en ese estado sería una locura.


—Oh.


—Exacto.


Pedro abrió la puerta del coche y la instaló en el asiento de pasajeros.


—Pero mi coche...


—Aquí no le pasará nada —insistió él.


Su tono daba por zanjada cualquier posible discusión. Había llegado el momento de admitir la verdad. Para su eterna vergüenza, estaba obligada a aceptar la ayuda del último hombre en la faz de la tierra al que habría querido volver a ver.


Aquel día, se corrigió, iba a ser uno de los tres peores de su vida. Quizá incluso ocupara la primera o segunda posición.


—De acuerdo —admitió, advirtiendo ella misma el desconcierto de su voz—. Vamos.



CAPITULO 5




Seguramente el mundo seguía girando, probablemente el reloj continuaba marcando los segundos y el sol no había dejado de brillar, y, definitivamente, los vecinos de Joyful continuarían alimentando rumores. Pero para Pedro Alfonso fue como si el tiempo se hubiera parado. Una década desapareció de pronto. Y se descubrió con la mirada clavada en un par de ojos de los que se había despedido para siempre, a pesar de que de vez en cuando aparecían en su cerebro.


—Hija de...


—Hola a ti también, Pedro —respondió ella con una tensa sonrisa.


Pedro no le devolvió el saludo.


—Así que —musitó, consciente de que Paula percibiría la dureza que reflejaba su voz—, Paula Lina Chaves ha hecho lo que juró que jamás haría: ha vuelto al infierno.


—Y me he encontrado con que el mismísimo demonio ha salido a recibirme —respondió Paula con una expresión no tan desenfadada como su tono de voz.


Pedro chasqueó la lengua.


—Continúas siendo tan descarada como siempre.


Paula desvió la mirada hacia la lata de salsa de tomate que llevaba Pedro entre las manos.


—Y tú continúas siendo un derrochador. No me lo digas, ¿tienes una cita esta noche? Dios mío, siempre has tenido mucho estilo con las mujeres.


Pedro recordó inmediatamente su última cita. Y cuando Paula desvió la mirada, comprendió que estaba deseando abofetearse por haber sacado el tema.


—Supongo que ahora mismo debería de ir a esa pradera que hay al lado de casa de Nelson para hacerte un ramo de flores silvestre.


La forma en la que Paula contuvo la respiración le indicó a Pedro que su puya había dado en el blanco. Y al ver el dolor que reflejaban sus ojos, se arrepintió de su comentario. 


Regresar a Joyful no debía haber sido fácil para Paula. 


No, después de la manera en la que se había marchado. O, mejor dicho, en la que había huido.


Aquella idea le ayudó a ignorar el momentáneo arrepentimiento.


—Tengo que irme —dijo Paula, pasando por delante de él.


El roce de su brazo bastó para que volviera a recorrerlo una oleada de calor. Y mientras permanecía frente a ella, viajó mentalmente al mundo de Paula Chaves, la joven dulce con los ojos de color caramelo. Sin previa advertencia, sus sentidos sufrieron el efecto de un torrente de recuerdos.


Del recuerdo de aquellos días tórridos del verano en los que casi le dolían los pulmones al tomar aire, sobre todo cuando la veía andar por la carretera con los pantalones cortos y la camiseta ajustada. Del recuerdo del sol arrancando chispas de aquella melena del color de la miel que se mecía al ritmo de sus pasos.


Y de aquella noche inolvidable. Las chicharras los acompañaban con sus cantos mientras ellos hablaban durante horas. La humedad de las lágrimas de Paula contra su cuello mientras despotricaba contra su hermano. Y después, su forma de recuperar el buen humor; se recordaba bromeando con ella hasta conseguir que esbozara una de aquellas sonrisas que marcaba los hoyuelos de sus mejillas y era capaz de detener su corazón adolescente.


Casi podía oír las notas de Garth Brooks saliendo de la radio mientras ellos bailaban bajo la luz de la luna. Casi podía oler la esencia de su pelo, un olor a limón y mandarinas dulce y ácido al mismo tiempo, como la propia Paula lo había sido siempre. Casi podía sentir el sabor a fresa de su brillo de labios.


Su cerebro dio un paso más, adentrándose en un territorio verdaderamente peligroso. Justo en aquel momento, bajo aquella luz intensa y rodeado de gente, oyó el eco de lo prohibido, el susurro sensual del satén de su vestido al caer al suelo. Y el murmullo con el que Paula repetía una y otra vez su nombre mientras él estaba enterrado dentro de ella, convencido de que iba a morir y a despertar en los brazos de un ángel.


—¿Pedro?


Pedro respingó al oírla, perdiendo la lata de tomate en el proceso. Ambos miraron hacia el suelo y Paula se apartó para evitar que la lata le destrozara los dedos de los pies. Pedro aprovechó aquel momento para recuperar la compostura.


Para cuando Paula volvió a alzar la mirada, tenía ya la situación bajo control y había enviado los recuerdos a las profundidades del subconsciente, donde debían estar, junto a otros recuerdos peligrosos de la adolescencia.


—Nos veremos por aquí, Paula —consiguió musitar.


Estaba convencido de que debía haber parecido casi normal. 


Casi cuerdo. Casi ajeno a aquel deseo de estrecharla en sus brazos y besarla, o de sacudirla por haberse ido. Y por haber vuelto. Porque en aquel momento, no sabía qué era lo que le enfadaba más.


Paula asintió y retrocedió, esquivando de nuevo la lata de tomate. Desgraciadamente, aquello no le evitó la caída. 


Porque dos segundos después de haberse movido, resbaló con algo y cayó al suelo.






CAPITULO 4




—¡La estrella del porno acaba de llegar!


Pedro detuvo la mano sobre la lata de salsa de tomate que estaba a punto de agarrar de una de las estanterías del supermercado. ¿Estrella del porno? Desde luego, no era una expresión que se oyera mencionar muy a menudo en Joyful, Georgia. No, no señor. De hecho, seguramente aquélla era la primera vez que oía decir algo parecido. Aunque, teniendo en cuenta el debate que se había levantado al saber que pretendían construir un club de striptease en las afueras del pueblo, tampoco debería extrañarle.


—¿Me has oído? —continuó diciendo la voz—. Joe Crocker ha estado en el Chat-n-Chews y dice que la estrella del porno que piensa abrir el club de striptease se dirige ahora mismo hacia el pueblo, ¡que viene al supermercado!


Las palabras quedaron flotando en el soleado ambiente del supermercado de Joyful. Pedro tuvo la sensación de que hasta las motas de polvo dejaban de girar ante el anuncio hecho por un adolescente que había entrado en el establecimiento con el rostro sonrojado y los ojos abiertos como platos. Los niños que estaban comprando golosinas también se quedaron petrificados. Las dos cajeras que intercambiaban confidencias y mascaban chicles mientras cobraban a los clientes, se detuvieron.


Y, de pronto, como si fueran todos ellos marionetas movidas por los mismos hilos, se volvieron boquiabiertos hacia las puertas de cristal del supermercado.


Un silencio expectante, tan cargado como el del bingo de la parroquia antes de cada baile, fue de pronto interrumpido por una voz exigente. Tan exigente como sólo podía serlo la voz de una niña de tres o cuatro años.


—¡Me has tirado el zumo, mamá!


Pedro desvió la mirada hacia la niña, cuyo labio inferior sobresalía en un beligerante puchero. La niña tiraba del vestido de su madre. Su madre, Clara Deveaux, antigua periodista convertida en ama de casa, ignoró completamente a la criatura. Estaba tan pendiente de la puerta como todos los demás.


—Mamá...


—Ahora no, Eva —susurró Clara—. Está a punto de llegar alguien importante.


¿Alguien importante? Pedro estuvo a punto de echarse a reír. ¿Cómo se le habría ocurrido a una estrella del porno abrir un club en un pueblo perdido del mundo? ¿Y por qué era él el único que parecía sorprendido por la noticia?


Pedro sacudió la cabeza. Aparentemente, le habían dejado completamente fuera del circuito de cotilleos del pueblo. Y la verdad era que lo prefería. Habiendo crecido en una familia que normalmente era blanco de esos mismos cotilleos, le había dejado un regusto amargo y, normalmente, cerraba los oídos cuando la gente se dedicaba a chismorrear cerca de él.


Pero, al parecer, en aquella ocasión se había perdido algo muy serio, que, probablemente había empezado treinta minutos después de que hubieran colocado la valla publicitaria. Y casi deseó haber pasado por delante del cartel para haber podido leerlo el mismo.


Estrellas del porno y clubs de striptease. Joyful se estaba convirtiendo en un lugar de vicio y perversión.


En realidad, no consideraba a Joe Crocker capaz de diferenciar una estrella del porno de una cantante de ópera. 


Aquel hombre pensaba que a cualquier mujer bendecida con unas curvas voluptuosa le gustaba que le dirigieran miradas lascivas. Y de esa misma opinión era el noventa por ciento restante de la población masculina de Joyful. Compadecía a aquella pobre mujer, que podía ser desde una profesora universitaria hasta una congresista. Estaba convencido de que más de uno de los hombres que estaban en ese mismo supermercado estaban deseando pedirle que les firmara un autógrafo en el trasero.


Sonrió al imaginarse su respuesta si en realidad no era más que una viajera caprichosa o un ama de casa atareada que necesitaba hacer algunas compras.


—Yo tuve una vez una estrella del porno —musitó Tomas Terry para nadie en particular.


Pedro no pudo resistir la tentación de mirar a aquel veterano de guerra cuya mirada parecía perdida en el mundo de los recuerdos.


—La tenía en una caja, debajo de la cama. Y se me rompió el corazón cuando Buddy, mi mejor perro de caza, la encontró y la mordió. Le hizo unos agujeros enormes en la pierna derecha.


Pedro sacudió la cabeza. No serviría de nada intentar cambiar de tema.


—Intenté arreglarla con celo —continuó diciendo el anciano, sin mirar siquiera para ver si alguien le escuchaba—. Pero no funcionó. Maldita sea, pero si incluso estuvo a punto de arrancarme la cabeza cuando se le salió el tapón y comenzó a volar por la habitación.


Pedro cerró los ojos y pensó en su trabajo, en su coche. En cualquier cosa que no fuera la imagen que el señor Terry acababa de hacer aparecer en su cabeza.


—Asustó al pobre Buddy, que salió disparado hacia el porche —continuó Tomas—. Silbaba por el salón como un globo pinchado...


—Señor Terry, por favor —siseó una mujer que estaba a su lado, intentando, sin éxito, taparle los oídos al niño que estaba con ella.


Sí, así era como comenzaban los rumores en Joyful. Muy pronto, la historia de la relación de Tomas con una muñeca hinchable se convertiría en una de las más grandes historias de amor de Georgia.


Y, por mucho que le disgustara admitirlo, la verdad era que aunque los rumores que corrían por Joyful podían no ser del todo ciertos, a menudo encerraban algo de verdad. De modo que no era completamente imposible que estuviera a punto de ver a una estrella del porno.


—¿Qué estrella del porno?


Nadie contestó la pregunta de Pedro. En cuanto Tomas cerró la boca, reanudaron la espera. Continuaban mirando la puerta con la boca abierta y los ojos desorbitados mientras un descapotable rojo aparcaba delante del supermercado.


—Mamá, mi camiseta —volvió a gritar la niña.


En aquella ocasión lo hizo en un tono suficientemente agudo como para irritar a todo el mundo, excepto a su madre, que ni siquiera parecía oírla. Estaba demasiado ocupada observando la acción que se estaba desarrollando frente a ella.


Incluso Pedro estaba observando a pesar de sí mismo, más interesado en la reacción de sus convecinos que en ninguna otra cosa. Por lo menos hasta que vio a la rubia que estaba sentada tras el volante.


Oyó un silbido. Y tardó varios segundos en darse cuenta de que aquel silbido salía de su propia boca.


Todavía no podía ver las facciones, sólo veía una masa de rizos enmarcando un rostro oculto por unas gafas de sol.


Mientras él, bueno, mientras todo el mundo miraba, la mujer se inclinó hacia el asiento de pasajeros, desapareciendo de su vista. Después, se irguió con un pañuelo en la mano. Se pasó la mano por el pelo y se puso el pañuelo en la cabeza, a modo de cinta.


La expectación creció en el interior del supermercado cuando la rubia se inclinó hacia el espejo retrovisor para pintarse los labios. Pedro podía distinguir desde allí que era un lápiz de labios rosa, a juego con el pañuelo. Y el coche estaba aparcado tan cerca del supermercado que pudo verla apretar los labios mientras revisaba su maquillaje.


La ola de calor que descendió desde su cerebro hasta su vientre le dejó estupefacto. Pedro conocía a muchas mujeres atractivas. Había docenas de mujeres a las que podría llamar en aquel momento si necesitara compañía femenina... Y, sin embargo, bueno, no era capaz de apartar la mirada de la recién llegada.


En alguna parte, cerca de él, oyó:
—¡Tendrás que lavarla, mamá! Es mi camiseta favorita.


Reconoció la desesperación cada vez mayor de la niña, pero no era capaz de mirar a nadie, excepto a la recién llegada.


Llevaba una blusa blanca con volantes que dejaba sus hombros al descubierto. Al ver aquella extensión de piel desnuda, Pedro tragó saliva. Aquella mujer tenía que ser del norte. A ninguna mujer de la zona se le ocurriría exponerse de aquella manera al sol de la tarde, y menos todavía conduciendo un descapotable.


Además, por supuesto, ninguna mujer de Joyful se teñiría el pelo de rubio platino, ni llevaría unas gafas de sol de aspecto felino.


Cuando la mujer salió del coche, Pedro estuvo a punto de repetir el gruñido de admiración de Tomas.


—Tiene buenas piernas —dijo el anciano.


La rubia se detuvo al lado del descapotable y un resplandor dorado le indicó a Pedro que llevaba una tobillera. Tomó aire. Tenía debilidad por las tobilleras desde que diez años atrás había visto a la novia de su hermano con una.


Las piernas de la mujer parecían interminables, un efecto acentuado no sólo por las sandalias de tacón, sino también por la minúscula falda que llevaba. Bastaría un golpe de viento para que pudieran verle absolutamente todo.


—Es una pena que no haya viento —se lamentó Tomas con un audible suspiro.


Pedro, que estaba pensando lo mismo, no dijo una sola palabra.


Cuando la rubia se inclinó hacia el interior del coche para tomar el bolso, Pedro, al igual que todos los allí reunidos, contuvo la respiración. Pero, al parecer, la rubia no era una completa exhibicionista, puesto que se sujetó la falda con la mano, evitando mostrar al mundo si el que parecía su color favorito, el rosa, se extendía también a su ropa interior.


En cuanto tomó el bolso, se volvió y comenzó a caminar por la acera. Pedro advirtió que se tambaleaba ligeramente sobre los tacones y, por un instante, temió que se cayera. 


Pero al parecer nadie había advertido aquel momento de inestabilidad. Sin embargo, él supo que no se había equivocado cuando la vio mirar disimuladamente hacia los lados, como si quisiera comprobar si alguien se había dado cuenta de que estaba a punto de caerse. Por alguna razón, asomó a sus labios una sonrisa al advertir aquella fisura en su armadura rosa.


—No os quedéis ahí embobados —dijo una de las cajeras cuando la rubia llegó a la entrada.


Y, casi inmediatamente, doce pares de manos buscaron algo que hacer. Saliendo de la estupefacción creada por la llegada de aquella estrella del porno, o lo que quisiera que fuera, Pedro se acercó a la caja con la lata de tomate en la mano. Tragó saliva y observó que Tomas agarraba algo nervioso y palidecía al darse cuenta de que era una caja de tampones. El hombre dejó caer la caja al suelo y la empujó con una patada bajo la estantería más cercana, donde seguramente permanecería hasta la siguiente Navidad.


Y Tomas acababa de pasar por delante de Clara, que ni siquiera le había saludado, cuando oyó gritar a la joven madre:
—¡Eva! ¿Qué has hecho? Ahora tendré que meterla en la lavadora —la mujer levantó a la niña en brazos para dirigirse hacia el cuarto de baño.


Pedro ni siquiera tuvo tiempo de preguntarle qué había pasado antes de que la mujer del descapotable entrara en el supermercado y estuviera casi a punto de tropezar con él.


—Oh, lo siento —dijo con una voz que le sorprendió.


Él se había imaginado una voz tórrida, dulce y susurrante. 


Sin embargo, la de aquella mujer era una voz controlada y quizá con un ligero acento británico.


—No se preocupe, no me ha hecho nada —respondió Pedro, encogiéndose de hombros.


Por alguna razón, la mujer pareció sobresaltarse y se alejó de él. Aunque todavía no se había quitado aquellas ridículas gafas, Pedro la miró con atención, intentando adivinar por qué parecía tan sorprendida. No podía verle los ojos, pero se fijó en aquella nariz ligeramente pecosa. Aparte del lápiz de labios, su rostro estaba libre de maquillaje y tenía algunas pecas en los pómulos. No tenía precisamente el aspecto de una estrella del porno. Aunque la verdad era que tampoco había visto nunca a una estrella del porno. O, por lo menos, nunca la había visto tan de cerca. De modo que, a lo mejor, no era tan raro que tuviera pecas.


—Tú... tú —dijo ella.


Pedro la miró con curiosidad. ¿Una estrella del porno pecosa que, además, tartamudeaba?


La rubia volvió a balancearse ligeramente sobre los tacones y Pedro alargó el brazo instintivamente para sujetarla. 


Pretendía agarrarla del brazo, pero al final, posó la mano en su hombro. La tela de la blusa se deslizó inmediatamente bajo su mano, de modo que terminó acariciando su piel desnuda.


En aquella ocasión, fue él el que retrocedió o, mejor dicho, el que pensó que debería hacerlo. Su cerebro reaccionó, envió el mensaje, pero él no pudo menos que preguntarse si, de alguna manera, su mano habría perdido la conexión con su cerebro, porque sus dedos continuaban allí, sobre ella, deslizándose sobre la suave piel de su nuca.


Al oír un estallido de risas, Pedro se dio cuenta de que todos los ojos estaban fijos en ellos. Su mano por fin se acordó de quién mandaba allí y obedeció la orden. Pedro retrocedió un paso, vio la débil huella rosada que había dejado su mano sobre la piel de la mujer y después la recorrió de pies a cabeza con la mirada.


En lo primero en lo que se fijó fue en que, bueno, no podía decirse que fuera una plancha, pero tampoco estaba tan... tan bien dotada. Él no había visto a muchas estrellas del porno a lo largo de su vida, la verdad fuera dicha, nunca lo había necesitado. Pero había algo de lo que se acordaba perfectamente: las mujeres que protagonizaban esas películas parecían ser amigas íntimas de algún cirujano plástico. Y aquél no era el caso.


Porque aquella mujer tenía unas bonitas curvas, algunas particularmente bonitas, pero, desde luego, no estaba todo lo bien dotada que se esperaba de una estrella del porno. Así que, definitivamente, no era aquélla la criatura a la que habían fotografiado en la valla publicitaria.


Pero las piernas. Oh, Dios, aquellas piernas y aquella cadena de oro que adornaba su tobillo izquierdo le quitaban la respiración. Seguramente, aquella mujer podría poner a cualquier hombre bajo sus pies.


—¿Eres un fetichista de los pies?


A los labios de Pedro asomó una sonrisa de arrepentimiento mientras alzaba la mirada para encontrarse con la de aquella mujer que ocultaba los ojos tras las gafas. La sonrisa enigmática con la que ella respondió le indicó que le había descubierto mirándola.


—Algo así —como ella no hizo ningún intento de quitarse las gafas de sol, se inclinó hacia ella—. ¿Y tú? ¿Te gusta hacer lo mismo que a Jack Nicholson?


La mujer lo miró confundida.


—Me refiero a viajar de incógnito —le aclaró Pedro, señalando sus gafas de sol.


—¿De verdad funciona? —preguntó ella—. ¿Crees que consigo pasar desapercibida?


Pedro soltó una risa atragantada.


—Sí, como una hormiga en un azucarero.


—¿Estás insinuando que soy dulce o me estás comparando con un insecto?


—Estoy seguro de que eres muy dulce, querida. De hecho, dudo que en este pueblo se haya visto tanto dulce en un solo paquete en mucho tiempo —esperó su respuesta, disfrutando de aquel intercambio con una completa desconocida.


—¿Te gusta el algodón de azúcar?


—Me encanta —respondió él, dirigiéndole una mirada que no había utilizado mucho últimamente—. Se derrite en la lengua y tiene un sabor delicioso.


Ella tragó saliva. Una vez. Después, le sostuvo la mirada desde detrás de las gafas.


—Mentiroso. El algodón de azúcar te repugna, y tú lo sabes.


Había tanta convicción en su voz que Pedro se dio cuenta de que no estaba coqueteando. Y, en aquella ocasión, cuando la miró con los ojos entrecerrados, no fue con un gesto seductor, sino de concentración.


—¿Cómo lo sabes?


—De la misma manera que sé que te gustan las piernas largas. Por no hablar de las tobilleras.


Pedro estuvo a punto de soltar una exclamación. ¿Quién demonios era aquella mujer? Tenía la sensación de que debía conocerla. Había algo en su voz que le resultaba familiar.


—Lo has adivinado por casualidad —le dijo, intentando ponerle a prueba.


Ella negó con la cabeza.


—No.


Alzó la mano y le hizo un gesto con el dedo índice para que se acercara. Pedro se inclinó hacia ella todo lo que pudo. 


Casi sintió que todo el mundo en el supermercado se inclinaba hacia delante también, pero los ignoró.


—¿Cómo lo has sabido?


Sus labios estaban a sólo unos centímetros de su sien e intentaba concentrarse, intentando averiguar a qué se debía la extraña sensación de anticipación que despertaba en él aquella mujer.


Y entonces ella susurró:


—Porque tú mismo me lo dijiste después de robarme mi tobillera favorita.


Y de pronto lo supo. Incluso antes de que ella retrocediera y se pusiera aquellas ridículas gafas de sol en lo alto de la cabeza revelando unos ojos del color de la miel, lo supo.


—Paula...