miércoles, 7 de junio de 2017

CAPITULO 34




Daniela podría haber disfrutado de una gran velada aquella noche al reencontrarse con sus antiguos compañeros y revivir la gloria de los años de instituto si no hubiera sido por dos cosas: Paula Lina Chaves también estaba allí y Pedro estaba con ella.


Habían estado fuera durante un buen rato y aunque Daniela había estado hablando con sus amigas, intentando sacar el tema de los increíbles rumores que corrían sobre el trabajo de Paula, estaba pendiente de cada uno de sus pasos.


Y parecían disfrutar estando juntos.


Odiaba admitirlo, pero era cierto. Daniela no había visto a su cuñado tan interesado en ninguna mujer jamás en su vida. 


Cada vez que Paula se apartaba de su lado, la seguía con la mirada. Había tomado algunas copas, aunque normalmente no bebiera. E incluso había hablado con personas que Daniela sabía que detestaba. Y, a medida que iba transcurriendo la velada, estaba cada vez más tenso.


Porque estaba enamorado de Paula. Cualquier tonto podría darse cuenta y Daniela Brady Alfonso no era ninguna estúpida.


—La quiere —musitó para sí mientras daba un sorbo a su cerveza, preguntándose por qué aquella certeza provocaba en ella sentimientos tan extraños.


En realidad, no quería a Pedro para ella. Claro que no. 


Aunque, desde luego, le gustaría poder acostarse con él aunque sólo fuera una vez en su vida. De hecho, él y Brad Pitt encabezaban la lista de los hombres con los que a las mujeres de Joyful les gustaría acostarse antes de morir.


Pero no estaba enamorada de Pedro. No le quería ni como marido ni como nada parecido. Para bien o para mal, le había entregado su corazón a Jimbo Boyd años atrás y era incapaz de amar a ningún otro hombre.


Aun así, le guardaba a Paula suficiente rencor como para no querer que estuviera con él.


Era una tontería. Porque en realidad no era la relación con Pedro la que todavía tenía clavada como una espina, sino la relación de Paula con Nico.


Nico. El marido ausente. Él había sido su primer amor, un amor que pretendía hacer durar durante toda su vida. Pero Nico se había marchado durante su octavo mes de embarazo. Se había alistado a los marines. Había preferido cruzar el océano para ir a Bosnia a hacer de héroe a quedarse en un apartamento de Savannah con ella.


Por las noches, cuando Daniela estaba en casa sola con Joaquin, que dormía en su propia habitación al final del pasillo, se preguntaba muchas veces cómo habrían sido las cosas si Joaquin hubiera sido hijo de Nico. Sabía que podría haber conseguido que se enamorara de ella, lo sabía.


En realidad, ella no le había mentido a propósito. Cuando le había dicho que estaba embarazada, sabía que era posible que fuera él el padre. Era perfectamente consciente de cuáles eran las posibilidades, y Nico era una de ellas.


Los dos habían hecho el amor después de una fiesta, tras una discusión de Nico con Paula. Nico estaba borracho y ella, aunque no había bebido tanto, estaba suficientemente borracha como para no importarle acostarse con un tipo que parecía a punto de perder el conocimiento.


De modo que era posible hacerle creer que era el padre de su hijo. Y si hubiera estado embarazada de dos meses, como al principio pensaba, y no de cuatro, todo habría sido mucho más fácil.


El corazón le dolía cuando pensaba en Nico, un hombre del que había estado enamorada desde que estaba en séptimo.


Cuando Paula había llegado al pueblo y había empezado a salir con él, Daniela había sufrido hasta la desesperación. Le había dolido de verdad. Era la primera vez que le negaban algo desde que su madre había muerto y su padre había decidido darle todos los caprichos para que superara aquella pérdida.


Pero al final, ella había terminado convertida en la mala de la película por haberse fugado con Nico el día del baile de fin de curso.


Afortunadamente, aquella noche las cosas habían cambiado y Paula se había convertido en el tema de conversación.


—Una estrella del porno —musitó para sí, sacudiendo la cabeza con incredulidad.


Aunque le hubiera ido en ello la vida, era incapaz de comprender en qué se basaban esos estúpidos rumores. 


Cualquiera podía darse cuenta de que aquella mujer era demasiado estirada y educada como para desnudarse delante de un desconocido y, mucho menos, para hacer el amor delante de todo un equipo de rodaje. Además, tampoco tenía cuerpo para dedicarse a eso. Los senos que aparecían en la valla publicitaria eran tres veces más grandes que los suyos, o de los de cualquier mujer que no hubiera pasado por el quirófano. No, Paula era una mujer atractiva, pero demasiado normal como para convertirse en la fantasía sexual de un hombre.


Que no fuera Pedro.


Sí. Porque al parecer, no sólo era la fantasía sexual de Pedro, sino que lo había sido durante mucho tiempo.


Una parte de ella, la parte que apreciaba la bondad de Pedro y el apoyo que había supuesto para ella y para Joaquin durante todos esos años, le deseaba suerte con la que durante tantos años había sido la chica de sus sueños. 


Si algún hombre de aquel condenado pueblo se merecía ser feliz, era él.


Pero la parte más mezquina de Daniela, deseaba que Paula se largara de Joyful en cuanto aquella reunión terminara y no volviera jamás en su vida.


Al pensar en Pedro se acordó de lo que habían estado hablando en el aparcamiento. Pedro le había comentado que quería ayudar a Paula a averiguar cómo se había llevado a cabo la venta de la propiedad en la que estaban construyendo Joyful Interludes.


Miró el reloj y decidió arriesgarse a llamar a Jimbo. Si contestaba Helena, tenía cientos de excusas para justificar una llamada a aquella hora del sábado. Jimbo le había pedido que estuviera atenta a cualquier rumor que oyera sobre Paula y, desde luego, había oído más de uno.


Así que salió al pasillo, buscó una habitación más tranquila y sacó el teléfono del bolso.


Afortunadamente, no contestó Helena.


—Hola, soy yo —dijo al oír la voz de Jimbo.


—Daniela —Jimbo parecía distraído y arrastraba ligeramente la voz—. ¿Por qué me llamas a casa?


—Esta noche he oído algo que he pensado que te podría interesar —le informó rápidamente de la conversación que había mantenido con Pedro.


Jimbo permaneció en silencio durante largo rato. Después le preguntó:
—¿Pedro te ha dicho que quiere ocuparse personalmente de este asunto?.


—Sí.


Jimbo se aclaró la garganta y pareció cambiarse el teléfono de mano. Daniela esperó pacientemente mientras le oía hablar con alguien. Helena. Después, contestó en un tono completamente frío e impersonal.


—Bueno, sí, muchas gracias por haberme avisado, Dan.
Oh, genial, así que utilizaba el nombre de su padre para esconder su aventura. Dios santo, a su padre le. daría un ataque al corazón si se enterara de lo que estaba pasando.


—De nada —le dijo.


Se pasó después la mano por los ojos con un gesto de cansancio, preguntándose por qué continuaría castigándose de aquella manera. Colgó el teléfono, sintiendo de repente que se desvanecía toda la felicidad de la noche.


Mientras guardaba el teléfono en el bolso, pensó en la posibilidad de irse a casa. Podía ver una película con Joaquin. 


En aquel momento, le parecía mucho más apetecible que seguir reunida con un puñado de cotillas que apenas habían cambiado desde que habían salido del instituto. O que volver a bailar con Francisco Willis, que no la había dejado en paz durante toda la noche.


Sin embargo, antes de que hubiera tomado la decisión de marcharse, llegó alguien caminando con paso firme desde la puerta de la piscina. Daniela se quedó paralizada al ver a Paula Lina Chaves dirigiéndose decidida hacia el salón en el que se celebraba la cena.


Y justo entonces, decidió quedarse. Porque tuvo la sensación de que las cosas volvían a ponerse interesantes



****


Pedro no se había llevado a Paula afuera con intención de contarle lo que se rumoreaba de ella. Él pretendía hacer de barrera, al igual que había estado haciendo Clara, entre ella y cualquier estúpido capaz de creerse aquellas ridículas historias. Y cuando había visto las miradas asesinas que Clara le dirigía a Melanie Forysthe, otra de las mujeres que estaban sentadas a su mesa, había imaginado que había llegado el momento de intervenir.


Al principio lo había intentado con el baile. Un baile distraería a la gente y alejaría a Paula de la línea de luego. Pero cuando ella le había pedido que salieran, le había parecido una buena solución.


Se suponía que tenían que salir a la piscina para que Paula pudiera refrescarse, no para que se enredaran en una conversación demasiado íntima y personal.


Sin embargo, había sido precisamente eso lo que había pasado. Por un instante, Pedro se había olvidado de todas las decisiones que había tomado la noche anterior, cuando se había propuesto mantenerse al margen de la vida de Paula.



Todavía no podía creer lo que le había pasado con el trabajo. 


Ni la facilidad con la que le había hablado de lo ocurrido. 


Toda su vida hecha añicos y ella se dedicaba a bromear sobre métodos de control de natalidad.


Control de natalidad. No le gustaba el giro que habían dado sus pensamientos a partir de aquel momento. Apenas había podido contener las ganas de abrazarla y besar la risa que salía de aquellos labios. De decirle que lo mandara todo al infierno, de representar una vez más el papel de héroe, de darle el consuelo que necesitaba y disfrutar de ella todo lo que pudiera.


Sin embargo, Paula no parecía necesitar ningún consuelo. 


De hecho, parecía tener perfectamente controlada la situación. Hasta el punto de que, cuando le había exigido que le dijera la verdad, él no había tenido más remedio que hacerlo.


Le había contado todo.


No estaba seguro de qué podía esperar a continuación. 


¿Lágrimas? ¿Furia? ¿Una risa histérica? ¿Las tres cosas, quizá?


Lo único que no esperaba era la que al final había sido la reacción de Paula. Silencio. Un largo silencio acompañado de unos ojos desorbitados y una expresión de absoluta estupefacción.


—¿Estás bien? —le había preguntado Pedro—. Sólo son rumores, se acallarán con el tiempo.


Paula no había dicho una sola palabra. Había dado media vuelta y se había dirigido con paso firme hacia el salón. Y, tras un segundo de consideración, Pedro comprendió exactamente lo que estaba a punto de hacer.


—¡Paula! —la llamó sin estar muy seguro de si debería hacerla cambiar de opinión o decirle que adelante.


—¿Qué pasa?


Daniela salió entonces de la sala desde la que había hecho la llamada y se volvió hacia él mientras Paula desaparecía en el interior del salón.


—Le he contado los rumores que corrían sobre ella.


Daniela soltó un silbido.


—¿Y va a hacer lo que me estoy imaginando que va a hacer?


—Me temo que sí.


—Eso tengo que verlo.


Los dos entraron en el salón. La fiesta todavía estaba en pleno apogeo. Pedro buscó inmediatamente entre la multitud el pelo rubio y el vestido rojo de Paula.


A esas alturas, todo el mundo había terminado de cenar y comenzaban a correr las copas. Sonaba por los altavoces música de los noventa y un puñado de gente bailaba en la pista de baile.


En una esquina del salón, Chuck Stubbins estaba posando para una fotografía con antiguos compañeros del equipo de fútbol, todos ellos intentando parecer jóvenes y fuertes y ocultar tanto los treinta años como la incipiente calvicie. En otra esquina del salón, Gloria Gilmore, antigua delegada de clase, manipulaba un proyector para mostrar imágenes de los viejos tiempos en una enorme pantalla. Parecía querer recordar a todo el mundo que, por si lo habían olvidado, hacía tiempo que habían dejado de ser aquellos jóvenes felices y despreocupados de las fotografías.


Cerca de ella estaba Sue Ann Tillman Todd. En una de las fotografías, aparecía tras haber sido elegida como la candidata a tener más éxito en la vida. Teniendo en cuenta que en aquel momento parecía estar encantada contando detalles de su sentencia de divorcio, con la que había conseguido arruinar a su marido, que trabajaba como dentista, Pedro supuso que realmente había conseguido triunfar.


Continuó recorriendo la habitación con la mirada. Una antigua animadora, que no parecía capaz de mantenerse erguida sin ayuda, se tambaleaba subida a una silla. Había tomado dos puñados de flores, evidentemente, del centro de mesa, y los sacudía como si fueran pompones. A su alrededor esperaba un grupo de antiguos deportistas, todos ellos dispuestos a sujetarla en el caso de que cayera.


Y entonces la vio. Justo en medio de aquella locura, Paula caminaba decidida hacia el pinchadiscos. Cuando llegó a su lado, intercambió algunas palabras con él y tomó el micrófono.


—Perdonadme un momento, me gustaría deciros algo.


Pedro cerró los ojos un instante y tomó aire, compadeciendo casi a sus antiguos compañeros de promoción. Porque estaban a punto de ser víctimas de la venganza de Paula.


—Siento interrumpir la música —dijo Paula, dirigiéndole una dulce sonrisa al pinchadiscos, que parecía dispuesto a arrodillarse frente a ella.


Pedro, que también había sido merecedor de sus sonrisas, le comprendía perfectamente.


La habitación fue quedándose poco a poco en silencio. Las conversaciones cesaron, las risas se interrumpieron y los pocos que todavía continuaban comiendo dejaron los cubiertos en el plato. Al final, el único sonido que se oyó en la habitación fue el siseo mecánico del proyector que continuaba mostrando fotografías en blanco y negro.


Casualmente, la fotografía que en aquel momento proyectaba era la de Paula Lina Chaves, elegida por aquel entonces como la chica más encantadora del grupo.


—Sólo quería que supierais lo emocionada que estoy por haber vuelto a Joyful —dijo Paula por el micrófono, con una voz inmensamente dulce, teñida por un ligero acento sureño—. Realmente, mi vida ha cambiado mucho desde que vivía aquí, pero os aseguro que ha sido muy divertido volver a veros a todos —recorrió a los invitados con la mirada—. Porque la amistad, la bondad, y la amabilidad de este lugar son cosas que casi había olvidado durante mis viajes y variadas experiencias.


Pedro oyó un murmullo a su lado, seguido de una risa.


—Siempre he recordado la generosidad de espíritu, la honestidad, la hospitalidad y la bondad de este lugar.


A su lado, Daniela dejó escapar un sonido burlón. Pedro desvió la mirada hacia ella y advirtió una sonrisa en la comisura de sus labios. Daniela sabía lo que se proponía Paula y estaba disfrutando de lo lindo. Si una cosa tenía que reconocerle a su ex cuñada, era que reconocía el derecho de todo el mundo a la venganza.


—Dios mío, en este pueblo, todo el mundo parece querer a todo el mundo —Paula miró a Melanie, la mujer a la que Clara había fulminado con la mirada durante la cena—. Y, sobre todo, todo el mundo parece dispuesto a perdonar. Quién iba a imaginar, por ejemplo, que Melanie terminaría casándose con Charlie después de lo que le hiciste cuando fuiste a Florida durante las vacaciones de Semana Santa en el último año de instituto.


Melanie palideció. Su marido, que estaba a su lado, abrió los ojos como platos. Paula no se dio por enterada.


—Y, Dios mío, Kevin O'Leary, quién iba a pensar que podrías llegar a ser concejal del Ayuntamiento a pesar de que copiabas a todo el mundo durante los exámenes de álgebra.


Kevin se puso rojo como la grana y disimuló su embarazo con un trago de cerveza.


—Después estás tú, Jasón Michaels. Es maravilloso que al final encontraras una chica con la que casarte. Estabas muy preocupado porque todas tus ex novias solían hablar de tu —bajó la voz y le susurró al micrófono—: súper talla.


Un par de hombres se echaron a reír. Todos los demás permanecieron en silencio. A su lado, Pedro oyó suspirar a Daniela.


—Supongo que no puedo atreverme a imaginar que voy a tener oportunidad de escapar a esto.


—Probablemente no —respondió Pedro.


Se alegraba de que su ex cuñada pareciera estar tomándose con deportividad la intervención de Paula. A diferencia de todos los demás, que continuaban mirándola entre temerosos y confundidos.


—Y Courtney Zimmerman. ¿Sabes? Me maravilla que Marie Fox y tú continuéis siendo amigas después de que ella le contara a todo el mundo que te habías acostado con quince chicos el verano anterior al último año de instituto —dijo Paula, sonriendo a una rubia vestida de azul que estaba al lado de otra rubia vestida de negro.


Las dos se miraron y comenzaron a discutir entre susurros hasta que el marido de una de ellas se acercó para apartar a su esposa.


La sonrisa de Paula desapareció lentamente, como si estuviera perdiendo la energía para continuar con aquel discurso tan poco propio de ella. Miró a todo el mundo y sacudió la cabeza con expresión de disgusto.


—No es agradable, ¿verdad? No es divertido. Los rumores y los cotilleos no tienen ninguna gracia —después, soltó un sonido burlón—. Tampoco las mentiras.


Se apartó del pinchadiscos y parecía a punto de devolverle el micrófono. Pedro creyó sentir un suspiro colectivo de alivio de aquella multitud que, seguramente, no tardaría en comenzar a despellejarse, pero que, de momento, permanecía en silencio.


Pero Paula no había terminado. Antes de renunciar al micrófono, se volvió de nuevo hacia sus antiguos compañeros.


—Y, por cierto, por si a alguno le interesa saber la verdad, soy analista financiera y agente de bolsa. He estado trabajando durante cinco años para una importante firma de Manhattan —rió suavemente—. Y no soy responsable de esa monstruosidad de edificio que van a construir en un terreno que yo pensaba era mío hasta que llegué al pueblo. Y podéis creerme, si puedo hacer algo para evitar que la obra siga adelante, lo haré.


Todo el mundo parecía estar conteniendo la respiración, anticipando el próximo golpe.


—No he visto una película X en mi vida y, por supuesto, tampoco he actuado en ninguna.


Todo el mundo empezó entonces a reír, a toser o a susurrar en respuesta a sus palabras.


Paula les dirigió una mirada compasiva antes de añadir:
—Sólo me he acostado con tres hombres en mi vida, uno de los cuales, por cierto, está en esta habitación, como todos vosotros sabéis, puesto que me visteis desnuda la noche del baile del instituto.


En ese momento, todas las miradas se volvieron hacia Pedro.


Pero a pesar de su incomodidad, una parte de sí mismo estaba deseando cantar de alegría después de que Paula hubiera admitido su poco ajetreada vida sexual.


—Y si queréis saber con quién me estoy acostando ahora —continuó—, pues la verdad es que, francamente, no creo que sea asunto de nadie.


Entonces, y sólo entonces, devolvió el micrófono.


Todo el mundo permaneció en silencio, paralizado, siguiéndola con la mirada mientras cruzaba desafiante la pista de baile, preparada para enfrentarse a cualquiera que se atreviera a acercarse a ella. Probablemente Clara habría sido la única capaz de hacerlo, pero su amiga estaba en aquel momento junto a su marido, tan estupefacta como todos los demás.


Pedro estuvo a punto de acercarse a ella, de agarrarla de la mano y sacarla de aquel lugar, quisiera ella o no.


Pero de repente, el silencio fue roto por un sonido penetrante.


Un aplauso. Y después otro. Todo el mundo se volvió hacia la puerta para ver quién se atrevía a aplaudir la indignante actuación de Paula.


Al principio Pedro no pudo verlo, la gente se lo impedía. Pero una décima de segundo antes de ver al hombre que aplaudía lentamente a Paula, oyó el grito ahogado de Daniela.


Aquel grito y la sensación de indefectibilidad que lo invadía le anunciaron casi inmediatamente a quién iba a ver.


Y no se equivocó.


Era su hermano Nico










CAPITULO 33




—Ven a bailar conmigo, Pau —le dijo Pedro. No era una petición, sino una orden.


Paula apartó su plato y se levantó de su asiento, alegrándose de poder alejarse de aquella gente. Los ochos pares de ojos de las personas que estaban sentadas a la mesa estaban fijos en ella. Y los de Clara eran los únicos que mostraban algún afecto. Los otros la miraban con total expectación.


—Gracias —musitó mientras Pedro la conducía a la pista de baile, donde un par de parejas estaban ya bailando.


Pero cuando llegaron allí, descubrió que no estaba en condiciones de bailar. El suelo parecía moverse bajo sus pies.


Tres martinis. Nada de comida. Y ni un solo momento agradable.


—La verdad es que no me apetece mucho bailar —admitió—. ¿Podemos dejarlo para otro momento? Creo que voy a salir fuera a tomar un poco de aire fresco.


—Vamos —le dijo Pedro, sin darle oportunidad de protestar.


Le rodeó la cintura con el brazo y salió con ella del salón. 


Cruzaron un corto pasillo y poco después llegaron al lado de la piscina del hotel.


Paula tomó aire varias veces, agradeciendo aquella oportunidad de despejarse la cabeza.


—Gracias. No era consciente de lo mucho que necesitaba que me rescataran.


Aunque Pedro no dijo nada, Paula le sintió tensarse a su lado. Pero no podía comprender por qué.


—Tu discurso ha sido muy bonito —le dijo Paula.
Intentaba mantener un tono cordial, aunque lo que realmente le apetecía era rodearle el cuello con los brazos y la cintura con las piernas y hacer el amor con él.


—Gracias —contestó Pedro.


Se acercó al borde de la piscina y clavó la mirada en sus profundidades.


Paula no le siguió. Llevaba unos tacones muy altos y estaba un poco mareada. Y con lo débiles que tenía los tobillos, podía terminar cayéndose al agua.


—¿Estás bien? —le preguntó Pedro en voz baja.


—No, la verdad es que estoy bastante mal.


—Se nota. ¿No te estás divirtiendo?


Paula negó con la cabeza.


—Las reuniones de ex alumnos son una tortura. Quienquiera que la concibiese, ha tenido una gran idea. Porque toda la gente del mundo con la que no soportaría vivir encerrada, está aquí reunida.


Pedro sonrió.


—No son tan terribles.


—Oh, no, todos son muy amables, muy cordiales. Pero te juro que si Daniela vuelve a sonreírme de esa forma una vez más, voy a terminar vomitando por tanta dulzura.


Pedro elevó los ojos al cielo ante su sarcasmo. Después, se cruzó de brazos y la miró fijamente.


—Háblame de tu trabajo.


Paula tuvo la sensación de que no se refería al trabajo que no tenía en Joyful, sino al que no tenía en Nueva York.


—No tengo trabajo —pretendía restarle importancia, pero incluso ante sus propios oídos su voz sonó un poco tensa.


—¿Por qué no?


Ésa sí que era una pregunta interesante. Pero no podría contestarla hasta que no hubiera tomado un par de martinis más. Por lo menos no podía contárselo si quería continuar manteniendo la ilusión de que era toda una dama. Porque con aquella ligera embriaguez, su lenguaje podía llegar a ser propio de un marinero.


Sin embargo, sabía también que debería ser sincera con el hombre con el que había estado jugando delante de un aparato de aire acondicionado veinticuatro horas antes de tal manera que, seguramente, ya no podría sorprenderle nada de lo que le dijera.


—Te haré la versión corta. El caso es que la compañía en la que trabajaba quebró después de que uno de sus ejecutivos y una contable, que, por cierto, era mi mejor amiga, se marchara con un millón de dólares que pertenecía a nuestros clientes —sacudió la cabeza con evidente disgusto—. Por no hablar de los fondos con los que se pagaba el seguro de varios empleados, entre los que estaba yo incluida.


Pedro soltó un silbido.


—¿Y nadie sospechó nunca nada?


—No hasta que fue demasiado tarde.


—Supongo que este año tu amiga no estará en la lista de personas a las que tienes que felicitar por Navidad.


—Me temo que la he pasado a otra lista.


—Creo que no quiero saber quién más está en esa lista —replicó él con una mueca.


—No te preocupes, hace tiempo que perdiste tu puesto. El tipo de las FAD que insistió en que la esponja espermicida tenía que ser retirada del mercado hace años te quitó el puesto.


Pedro se echó a reír.


—Recuérdame que lo ponga en mi lista de personas a las que quiero felicitar por Navidad.


—¿Por qué? ¿Por qué te quitó de la lista o porque crees que eso me ha impedido disfrutar del sexo durante estos años?


—¿Has tenido que renunciar al sexo? —preguntó Pedro, cambiando de tono.


Dio un paso hacia ella y acercó la mano al tirante de su vestido. Las yemas de sus dedos cosquilleaban sobre la piel de Paula, que tuvo que concentrarse para recordarse a sí misma que tenía que respirar.


—¿Y bien? —le preguntó Pedro con voz ronca. Baja. Dulce, sexy y tan embriagadora como una noche de verano.


Si hubiera bebido un poco más, Paula habría lanzado la precaución al viento y le hubiera besado como no le había besado nunca.


Y si hubiera estado más sobria, le habría atormentado como pago al distanciamiento con el que la había tratado aquella noche. Pero no hizo ninguna de las dos cosas.


—En realidad, estaba bromeando. Las esponjas espermicidas estaban ya un poco anticuadas en mi época —después, para provocarle un poco, añadió—: Las retiraron del mercado, no sé si te acuerdas, el año que tú y yo fuimos juntos al baile del instituto.


Pedro entrecerró los ojos y dio un paso hacia ella. Estaba tan cerca que su aliento le acariciaba la mejilla.


—¿Tenemos que volver a hablar del baile, Paula? ¿Ya estás preparada para hablar de ese tema?


—En realidad, preferiría no tener que discutir contigo esta noche. Sobre todo ahora, cuando por fin he podido relajarme y empezar a disfrutar.


Cobarde.


Pero estaba dispuesto a respetar sus deseos, porque retrocedió lo suficiente como para que Paula pudiera respirar sin necesidad de inhalar su aroma, lo que ayudó a que su corazón pudiera por lo menos intentar recuperar su ritmo habitual.


Después, Pedro inclinó la cabeza.


—Creo que oí algo de lo que pasó con tu empresa. No sé si lo vi en las noticias de la CNN o algo así.


—Seguro que oíste algo.


—Y supongo que ahora sé por qué has vuelto a Joyful.


Paula asintió.


—¿Lo has perdido todo?


Volvió a asentir.


—Maldita sea, Paula, lo siento mucho.


Vaya. Era la primera vez que alguien se lo decía desde que se había desencadenado todo aquel desastre. Ni siquiera su abogado, que en todo momento había sido extraordinariamente amable con ella, le había dicho que
sentía todo por lo que estaba pasando.


Pedro había sido el único.


—Gracias. Sé que lo superaré, pero tardaré algún tiempo en volver a conseguir trabajo en mi campo.


—¿Cuál es tu campo?


—Cualquier cosa relacionada con ser merecedora de confianza para manejar el dinero de otra gente —contestó con una risa seca.


—Yo confiaría en ti. Si tuviera un trabajo que me permitiera invertir y no tuviera que vivir al día, no lo dudaría.


Paula vio una chispa de diversión en su mirada, pero sabía que probablemente no estaba exagerando.


—Así que, por lo menos en lo relativo a nuestro trabajo, ninguno hemos tenido un gran éxito —desvió la mirada y la clavó en el agua, deseando poder hundirse en ella.


Porque bajo la superficie, comenzaba a sentir cómo iba creciendo poco a poco la emoción.


Estaba sola con Pedro, riendo y disfrutando de una conversación con un hombre al que deseaba.


Pero tenía que intentar dominarse. Porque sus compañeros no tenían por qué verla desnuda otra vez.


Antes de que hubiera podido decidir lo que iba a hacer, si abalanzarse sobre él, dominarse y continuar hablando tranquilamente o suplicarle que le dijera por qué se había marchado la noche anterior, notó que alguien se acercaba desde el otro lado de la piscina. Paula ni siquiera se dio cuenta de que no estaban solos hasta que el anciano se acercó a ellos.


—Oh, no —exclamó Pedro.


—Sabía que eras tú. Es increíble —dijo el hombre, que parecía extraordinariamente complacido—. Llevo buscándote toda la semana y voy y te encuentro aquí, a cuarenta kilómetros del pueblo, justo cuando estaba maldiciendo mi suerte por haber tenido que venir a una reunión familiar.


Paula se acordó entonces de quién era. Era el anciano que estaba en el supermercado el día que había llegado al pueblo. Un hombre repugnante que miraba en aquel momento su vestido con expresión lasciva y alzaba el pulgar como si quisiera celebrar el éxito de Pedro.


Paula se aclaró la garganta.


—Nosotros estamos aquí por la misma razón. Hemos venido a una reunión de ex alumnos del instituto de Joyful.


Pero Tom no parecía muy convencido. Se inclinó hacia ella y le susurró al oído:
—Claro, cariño. Dime la verdad, ¿has venido para participar en la despedida de soltero que están celebrando en el bar?


Pedro dio un paso hacia Paula y le rodeó la cintura con el brazo.


—Está completamente equivocado, señor Terry.


El hombre se metió la mano en el bolsillo y rebuscó en su interior. Paula se preguntaba qué estaría buscando y, de pronto, tuvo la desagradable sensación de saberlo. Inmediatamente desvió la mirada para clavarla en Pedro, preguntándole en silencio si aquel tipo tan desagradable estaba haciendo lo que ella pensaba que estaba haciendo. 


Cuando al final se oyó un triunfal «ajá» y el hombre sacó un bolígrafo del bolsillo del pantalón, Paula suspiró con inmenso alivio.


Pero el alivio no duró mucho.


—Aquí lo tengo. Tome, quiero un autógrafo.


¿Un autógrafo?


—Ya es suficiente, señor Terry —le dijo Pedro interponiéndose entre ellos y agarrando al hombre del brazo. Bajó la voz y miró a su alrededor, como si no quisiera que nadie pudiera oírlos—. Creo que he visto por aquí a Joe Bob Melton y parecía estar hablando con la señora Kerrigan.


El hombre dejó caer el bolígrafo y apretó la mandíbula. 


Después, carraspeó sonoramente. Dios, Paula esperaba que no fuera capaz de escupir en la piscina.


—¿Y qué está haciendo aquí? Él no tiene nada con ella. Y sabe que yo le había puesto el ojo antes que él —dijo el hombre, cambiando por completo el objeto de su atención, tal y como Pedro pretendía.


Sin decir una sola palabra más, fue derechito hacia la puerta y desapareció en el interior del hotel.


Una vez desaparecido, Pedro intentó quitar importancia a lo ocurrido con una risa.


—Es un pobre viejo. Joe Bob y él compiten por las mujeres desde los años cuarenta, cuando los dos se enamoraron de la misma francesa durante la guerra.


Pero Paula no iba a permitir que desviara el tema. Inclinó la cabeza y miró a Pedro a los ojos para dejarle claro que no le iba a dejar andarse con rodeos.


—Muy bien, ¿qué me estoy perdiendo? Esta noche me ha pedido un autógrafo. Y el día que me caí en el supermercado, dijo algo sobre una estrella de cine —iba elevando tanto el volumen como el calor de su voz a medida que se acercaba a él—. Dos tipos estuvieron a punto de pelearse por mí en plena calle. Y todas las personas con las que me encuentro en la fiesta se comportan de una forma tan extraña que cualquiera pensaría que creen que acabo de salir de la cárcel.


Dio un paso adelante y Pedro retrocedió. Pero Paula lo siguió, acorralándolo de tal manera que sus cuerpos casi se rozaban y la única vía de escape para Pedro era la piscina. 


Al final Pedro se detuvo.


Paula ignoró las chispas que parecían saltar desde las puntas de sus senos, con las que rozaba el pecho de Pedro, y de las puntas de sus pies, con las que estaba rozando sus zapatos.


—Quiero saber qué está pasando aquí. Sé que tú lo sabes, así que no intentes fingir lo contrario. ¿Qué es lo que se está diciendo en Joyful sobre mí?


Contuvo la respiración, preguntándose si Pedro se reiría de sus sospechas o se marcharía.


Pero no, Johnny hizo algo mucho más sorprendente: le dijo la verdad