martes, 6 de junio de 2017
CAPITULO 30
Paula sabía que Clara no estaba bien porque ni durante aquella noche ni el sábado por la mañana hizo ninguna pregunta sobre la escena que había interrumpido. Una pregunta que habría sido muy fácil de contestar: había interrumpido la más gloriosa experiencia sexual de su vida.
Todavía estaba asombrada por lo ocurrido. Por lo inesperado y por su intensidad. Lo que habían compartido había sido tan impactante y poderoso como fugaz.
Pedro se había marchado y Paula tenía la sensación de que se había ido incluso antes de haber dejado la casa. Algo había desaparecido. ¿Su calor? ¿La dulzura de aquellos ojos que le decían que quería llevarla a la cama y no levantarse nunca?
No sabía el qué, pero sí que algo se había acabado.
Pedro parecía tenso. No frío, pero sí reservado. Algo ridículo teniendo en cuenta lo que habían compartido, pero cierto. Había pasado algo que le había hecho distanciarse de ella.
Y quizá fuera lo mejor.
Paula llevaba repitiéndoselo toda la mañana. Tener una relación sentimental con Pedro sería un error de proporciones gigantescas. Ella estaba en aquel pueblo por un solo motivo: para esperar a que amainara el temporal.
Después, regresaría a Nueva York y conseguiría otro trabajo.
No pensaba quedarse allí. Y mucho menos terminar saliendo con el soltero más codiciado del pueblo. Por muy bueno que fuera en la cama. O en el suelo. O en cualquier parte.
Pedro había decidido quedarse en Joyful. Años atrás, se había marchado, había intentado vivir en una gran ciudad, había conseguido un trabajo que le permitía borrar el estigma de ser uno de los Alfonso. Pero había terminado regresando al pueblo. Y aquella elección decía mucho sobre lo que pensaba y lo que esperaba de su vida.
Circulaban por carreteras diferentes, iban en diferentes direcciones. Lo que había ocurrido era que se habían visto atrapados de pronto en la misma tormenta de verano. Eso era todo. Tenía que serlo.
Y lo que tenía que hacer ella era intentar controlar su cerebro para que dejara de susurrarle que aquélla era la temporada de tormentas.
—Entonces, ¿estás segura de que quieres ir a esa reunión de ex alumnos? —le preguntó Clara desde la puerta.
Paula alzó la mirada desde la cama, donde estaba sentada pintándose las uñas de color fucsia y asintió.
—Sí, claro que estoy segura. Ya es hora de que todo el pueblo se entere de que no pretendo seguir escondiéndome por lo que me pasó en el baile. Y tú también vas a ir.
Clara entró en el dormitorio y se sentó en la cama. Tomó el neceser de Paula, buscó entre los esmaltes de uñas y sacó uno de color rojo sangre.
—Eh, cariño, este color no te va —dijo Paula.
—¿Y por qué no? Ya me he hartado de ser sensata y dulce.
Paula no pudo evitarlo. Soltó un bufido burlón.
—¿Tú? ¿Sensata y dulce?
Clara la fulminó con la mirada.
—Claro que sí.
—Si tú lo dices.
A Paula todavía le costaba creer que Clara y Eva se hubieran presentado en la puerta de su casa. Al parecer, Mauro, el marido de Clara, había demostrado ser un auténtico hombre de las cavernas cuando Clara había decidido volver a trabajar. Desde luego, no parecía el hombre encantador del que Clara le había hablado.
—Me parece increíble que te hayas ido de casa —musitó Paula.
—¿Y qué se supone que debería haber hecho después de que prácticamente me acusara de ser una pésima madre?
—Estoy segura de que no te ha dicho eso.
—No ha hecho falta que me lo dijera —respondió Clara—. Además, ¿tú de qué lado estás?
—Del tuyo —contestó Paula sin vacilar—. Y tienes razón. Tienes todo el derecho del mundo a vivir tu vida y a sentirte libre para ser como eres.
Clara asintió.
—Claro que sí.
—Pero...
Clara bufó.
—Pero quizá sea lógico que tu marido no se tome muy bien que no le digas que has empezado de nuevo a trabajar, o que estás llevando a tu hija a la guardería.
Clara le había hablado a Paula de su drástico cambio de vida y de cómo había reaccionado su marido cuando se había enterado. Lo que no le había explicado era qué le había empujado a hacer aquellos cambios tan repentinos sin decirle una sola palabra a Mauro. Clara comenzó a pintarse el dedo índice.
—Quería llamar su atención.
—Y desde luego, lo conseguiste.
—Así sabe que estoy hablando en serio.
—Sí, teniendo en cuenta que has hecho las maletas y te has marchado, yo diría que sabe que hablas en serio —le sonrió con cariño a su amiga—. ¿Pero no crees que deberías hablar con él de todo esto?
Clara frunció el ceño.
—No sé si está preparado para hablar. Además, creo que necesita pasar más de una noche solo en nuestra cama para darse cuenta de que he estado durmiendo a su lado durante los últimos cuatro años de su vida.
Vaya, aquello parecía más serio que una mera discusión por el trabajo. Aunque no quería entrometerse en su vida, Paula tenía la sensación de que su amiga necesitaba hablar.
—Así que también tenéis problemas en la cama, ¿eh?
Clara frunció el ceño.
—Lo más parecido a una experiencia sexual que he tenido este mes ha sido cuando vino un tipo a arreglarme el lavabo del cuarto de baño y me sonrió. Y creo que mi último orgasmo no inducido por el chocolate fue con el cambio de siglo.
—Estás exagerando —o, al menos, eso esperaba.
—Quizá. Pero no mucho.
Clara sacó un frasco de quita esmaltes y comenzó a quitarse metódicamente el esmalte rojo.
Paula señaló su neceser.
—Ahora busca algo más suave.
—Eres tú la que tiene ese color rojo chillón —replicó Clara.
—Me lo dieron de regalo en el mostrador de maquillaje.
Clara asintió. Comprendía perfectamente que lo hubiera guardado, a pesar de que los colores de regalo normalmente sólo podían favorecer a un cadáver. O a un travestido.
Paula tomó el bote con intención de guardarlo por si alguna vez necesitaba sobornar a alguien en la comisaría. Aunque, gracias a Dios, hacía días que no la habían vuelto a arrestar.
—No sé por qué me tomo tantas molestias —dijo Clara, mirando disgustada sus uñas cortas.
—Porque eres muy guapa —contestó Paula—. Y para recuperar los orgasmos.
—¿Qué orgasmos? ¿Te refieres a esos que no tengo porque tampoco tengo relaciones sexuales?
Nada de sexo. Ése había sido el lema de Paula hasta... el día anterior. Pero siendo una mujer soltera que no había salido con nadie ni por casualidad desde hacía más de un año, tenía excusa. Clara no.
—¿Y por qué no?
—Bueno, nunca he sido aficionada a los vibradores ni a esa...
Paula soltó una carcajada.
—Lo que quiero decir es por qué no estás teniendo relaciones sexuales.
La sonrisa de Clara desapareció mientras buscaba con aire ausente un bote de color rosa pálido.
—Tengo un aspecto horrible.
—Oh, no digas tonterías...
—Lo sé, Paula. Me he descuidado mucho. Me costó un horror perder los primeros diez kilos que engordé en el embarazo. Y los otros diez fue imposible perderlos. Creo que no conseguiría deshacerme de ellos ni aunque me pusieran
un explosivo en el trasero.
—¿Y qué? Eres preciosa. Una mujer con curvas, voluptuosa y atractiva.
Aunque Paula lo decía completamente en serio, su amiga no parecía muy convencida.
Clara se señaló los senos y musitó:
—Y después están estas cosas.
Paula tuvo que morderse el labio para no soltar una carcajada. Clara parecía tan disgustada como si llevara dos ratas colgando de su vestido.
—Eh, cariño, no sé si no te has enterado, pero a los hombres les gustan grandes.
—Éstas son más que grandes. Cualquiera podría confundirlas con melones. Cuando Eva era un bebé, tenía miedo de meterla en la cama porque pensaba que podía ahogarla con una de ellas. Eran cuatro veces más grandes que su cabeza.
Paula resopló ante aquel comentario y Clara recuperó la sonrisa. Después, admitió:
—Supongo que eso es parte del problema. De pronto se convirtieron en fábricas de leche, en vez de...
—¿Juguetes para el sexo?
Clara asintió.
—Creo que hay un nombre para eso.
—¿El síndrome de Elvis?
—Algo parecido.
Paula pensó en el problema de Clara. Si una persona tan divertida, dulce y adorable como Clara no podía hacer funcionar su matrimonio, ¿quién iba a conseguirlo?
Qué pensamiento tan deprimente.
—¿Entiendes ahora por qué no tengo ganas de ir a la reunión de esta noche? No estoy particularmente orgullosa de mi vida y, como comprenderás, no me apetece pasarme la noche hablando con un puñado de gente a la que a estas alturas ya le habrá llegado el rumor de que mi marido me ha dejado porque quiere estar con una mujer más joven, más guapa y más delgada que yo.
Paula elevó los ojos al cielo ante aquella exageración. Aunque la experiencia le decía que la cadena de los cotilleos en Joyful podía distorsionar cualquier acontecimiento.
—Si yo estuviera en tu lugar —le dijo Paula—, me pondría un vestido para caerse de espaldas y me presentaría en la fiesta de manera que todos los hombres babearan al mirarme.
—¿Babear? Yo creo que les darán arcadas al verme.
Paula gimió.
—¡No digas tonterías! Mira, Mauro va a ir a la fiesta, ¿verdad?
—Creo que sí. Aunque sólo sea para ver si yo aparezco por allí —rió por lo bajo—. Un vestido para caerse de espaldas, ¿eh? Voy a necesitar una lona gigante para hacerlo.
Paula fulminó a su amiga con la mirada. Estaba empezando a cansarse de oírla burlarse de sí misma.
—Al final, te estás creyendo los estereotipos que han arruinado la vida de tantas mujeres americanas. ¿No has visto nunca un desfile de modelos de tallas grandes? —Paula se levantó decidida y, caminando con cuidado para no destrozarse el esmalte de uñas, se acercó al armario y sacó un vestido—. Tienes que hacer como Scarlett en Lo que el viento se llevó. Ponte un vestido deslumbrante y compórtate como si no te importara un comino lo que piensen los demás.
Señaló un vestido rojo, corto y suficientemente ceñido como para parar el tráfico. Sólo se lo había puesto una vez en su vida y se lo había quitado inmediatamente en cuanto había pensado en la reunión a la que tenía que asistir.
A Clara parecían a punto de salírsele los ojos de las órbitas.
—Debes estar loca si crees que voy a ponerme eso.
—No, éste es el vestido que voy a ponerme yo —colgó de nuevo el vestido, se acercó a Clara y tiró de ella para que se levantara—. Vamos a dejar a Eva en casa de tu madre.
Tienes que comprarte un vestido nuevo y sé dónde puedes encontrarlo. Conozco una tienda que está de rebajas.
lunes, 5 de junio de 2017
CAPITULO 29
Cora Dillon había estado pensando en ello durante toda la semana, pero todavía no había encontrado la solución a su problema. Había cocinado, había rezado y había hablado con Bob sabiendo, por supuesto, que no la estaba escuchando, así que no tenía que preocuparse de que fuera a decirle lo que realmente tenía que hacer.
Estaba inquieta por lo que sabía sobre los últimos chanchullos de Jimbo Boyd y maldecía su propia capacidad para conseguir información.
A Cora le gustaba estar al tanto de las cosas, le gustaba sentarse tranquilamente en la cafetería y oír las conversaciones de las personas que tenía detrás de ella. O en la peluquería, mientras fingía que no oía nada más que el secador, pero lo apagaba en secreto para poder prestar atención a las conversaciones de la peluquera.
Pero eso no significaba que tuviera que hacer nada con las cosas que averiguaba. Podía conservar esa información, dejar caer alguna que otra cosa y disfrutar a solas de sus descubrimientos.
Por lo menos, a veces. En otras ocasiones, como en el caso de la chica de los Chaves, averiguaba cosas que merecía la pena contar. Al fin y al cabo, ¿no había demostrado tener razón? Al final, resultaba que la chica no sólo había vendido esas sucias fotos, sino que las había hecho ella. Clara lo había oído comentar en la iglesia en la reunión del miércoles, y la fuente era muy fidedigna.
Pero la información que tenía de Boyd le preocupaba. Y mucho. Porque aunque su hija no valiera nada, la madre de Daniela Brady había sido una de sus mejores amigas. Y no podía imaginarse siquiera lo que pensaría Lila de que su hija tuviera una aventura con el alcalde.
—Te agradezco que hayas venido, aunque te haya llamado en el último momento, Cora —oyó decir tras ella cuando estaba terminando de encerar el suelo del vestíbulo de casa de los Bob—. Especialmente un viernes.
Cora se enderezó, se llevó la mano a la espalda y miró a Helena Boyd, la mujer de Jimbo, que permanecía al pie de las escaleras en la mansión de los Boyd. Bueno, no era una mansión, pero era una casa enorme.
Helena era todo orden y pulcritud. Aquel día iba vestida con un respetable traje gris y un collar de perlas. Era una auténtica dama. Sí, aquélla era la palabra adecuada para describir a una mujer que encajaba perfectamente en la casa que había heredado de su padre.
A diferencia de su marido, aquel miserable mentiroso.
—Para mí, el viernes es un día como cualquier otro —respondió Cora—. Ahora que no viven mis hijos en casa, lo único que hacemos los viernes por la noche es cenar delante de la televisión.
Helena le dirigió una sonrisa que suavizó ligeramente la tensión de su rostro. De joven, antes de que Jimbo pusiera sus garras en ella, era una mujer muy guapa.
—Eres muy amable, Cora. Pero no quiero que tu marido te tenga que esperar.
Cora se limitó a encogerse de hombros. No se le había ocurrido siquiera en rechazar el trabajo cuando la primera dama de Joyful la había llamado. Al parecer, la mujer que normalmente se encargaba de limpiarle la casa se había puesto enferma y había alguna mota de polvo en la mesa del comedor de Helena Boyd. O una huella dactilar en el espejo de encima del sofá. El caso era que había que evitar que alguien pudiera decir que la casa de Helena no estaba perfecta.
Pero Cora tenía la sensación de que más de uno podría decir que eso era porque no era capaz de conservar un marido perfecto.
—El alcalde y yo hemos organizado un desayuno de oración para el domingo por la mañana —le explicó Helena.
Cora apretó los labios. Podía imaginarse perfectamente la clase de oración a la que había estado dedicándose Jimbo en el trabajo. Seguro que él no había sido el único que se había puesto de rodillas.
—Bueno, pues ya tiene todo preparado —dijo Cora, mientras terminaba de ordenar los productos de limpieza.
Cuando se estaba preparando para marcharse, Helena la siguió a la cocina, y estuvo preguntándole por su nieto. No por primera vez, ni por vigésima, Cora compadeció a aquella pobre mujer. Se preguntaba qué haría Helena si se enterara de lo que ocurría en el despacho de Jimbo.
Y se preguntó también qué diría el sheriff Brady si fuera consciente de lo que estaba haciendo su preciosa hija.
O qué pensaría Alfonso si supiera que el hijo de su hermano tenía una madre que andaba enredada en asuntos tan sórdidos. Y si su hermano podría regresar a la ciudad a hacer algo al respecto.
Se preguntaba qué diría Daniela de sí misma. Y qué podría ofrecerle Jimbo para intentar que mantuviera la boca cerrada.
Y, sobre todo, se preguntaba quién era la primera persona a la que se lo iba a contar.
****
Pedro fue el primero en oír que llamaban a la puerta.
Después de que Paula y él hubieran disfrutado del mayor de los placeres, continuaban en el sofá, todavía unidos.
Al principio, pensó que lo que estaba oyendo eran los latidos de su corazón contra su pecho. Pero no, el sonido procedía de la puerta.
—¿Paula? Ha venido alguien.
Paula abrió los ojos inmediatamente.
—Oh, Dios mío.
—Chss —contestó Pedro, besando su rostro aterrado—. No abriremos.
Pedro no podía abrir. Ni siquiera podía moverse. A no ser que fuera para llevarla en brazos al dormitorio. Porque ya iba siendo hora de que Paula y él hicieran el amor en la cama.
No se había acercado a su casa esperando una cosa así.
No, no esperaba nada parecido. Pero había ocurrido. Diez años de preguntas, de espera y de deseo habían culminado en un clímax explosivo y no iba a cometer la tontería de cuestionarse lo ocurrido.
Pedro no sabía qué podía significar aquello, además del hecho de que, después de haberlo hecho una vez, no iba a poder descansar hasta que pudiera repetirlo. Pero más allá de eso, ¿quién sabía lo que podía pasar? El tiempo los había convertido en personas diferentes. Ya no eran dos adolescentes ingenuos movidos por las hormonas y los sentimientos heridos. Y ya no había nadie más involucrado en su relación.
El futuro parecía... bueno, si no brillante, por lo menos posible. Paula Lina había regresado a Joyful. Había vuelto a casa por su propia voluntad. Quizá, no pudo menos que preguntarse, porque ella también se había dado cuenta de que había dejado un asunto sin cerrar.
Fuera cual fuera la razón, ambos eran adultos y responsables. Dos personas libres de tomar sus propias decisiones. El hecho de que Paula hubiera elegido Joyful, y le hubiera elegido a él, decía muchas cosas sobre lo mucho que había cambiado. Ya no era una adolescente mimada que tenía que esconderse de sus padres para hacer su propia vida.
Y eso era algo positivo.
Sin embargo, Pedro no tuvo muchas oportunidades de pensar en cosas positivas. Porque un segundo después, oyó que volvían a llamar a la puerta.
Al parecer, a la persona que estaba llamando no le importaba mucho que hubieran abierto o no. Y antes de que pudiera pensar siquiera en sugerir que se pusieran más cómodos. O que, por ejemplo, le dejara quitarse los pantalones del todo, oyó el clic que indicaba que el pomo de la puerta había comenzado a girar.
No había echado el cerrojo.
Alguien estaba a punto de ver algo grandioso. Su trasero desnudo y las piernas de Paula alrededor de su cintura.
De modo que se levantó de un salto, agarrando los pantalones con una mano y a Paula con la otra y tiró de ella, sintiéndose como un niño al que acabaran de atrapar escapándose de casa de sus padres.
—Vete —le ordenó a Paula, empujándola hacia el pasillo mientras se ponía los pantalones y se subía la cremallera.
Aquel gesto podía haber sido muy peligroso, teniendo en cuenta que continuaba sintiendo su miembro como si estuviera a punto de explotar. Tenía la sensación de que si no les hubieran interrumpido, podría haber vuelto a hacer el amor sin necesidad de abandonar el dulce cuerpo de Paula.
—Pau, sé que estás aquí, tengo que verte —oyó decir a alguien.
Pedro dio media vuelta justo a tiempo de ver a Clara Deveaux entrando en casa acompañada por su hija.
Clara tenía el rostro ligeramente hinchado y los ojos brillantes. Pero el rubor de sus mejillas llegó justo después de que se diera cuenta de lo que había pasado. E inmediatamente después, abrió los ojos como platos.
—Oh, Dios mío —susurró, llevándose la mano a la boca.
Exacto. Aquello lo resumía todo. Él sin camisa. El vestido de Paula desgarrado en el suelo. Su sujetador colgando del brazo del sofá y sus bragas sólo Dios sabía dónde. Y la habitación olía a cuerpos sudorosos y a sexo.
No. No había muchas posibilidades de que Clara pudiera confundir lo ocurrido con ninguna otra cosa.
—Yo, lo siento mucho —susurró Clara, e inmediatamente comenzó a dirigirse hacia la puerta—. No pensaba que...
—Dale un minuto a Paula, ¿de acuerdo? —replicó él, desviando la atención hacia Eva, que miraba con curiosidad a su alrededor.
Si la niña encontraba las bragas de Paula, a él le iba a dar un ataque.
—No, no, no pasa nada. Sólo pasaba por aquí —Clara se mordió el labio—. Eh, dile que volveré más tarde.
—Mamá, ¿vas a sacar pronto las maletas del coche? Quiero jugar con mi muñeca Dora.
Maletas. Dios santo, ¿maletas? ¿Y la cara empapada en lágrimas?
Oh-oh. Aquello era una crisis matrimonial. Había visto suficientes como para estar seguro. Por mucho que quisiera que Clara se marchara y se llevara con ella a aquella niña de mirada curiosa, sabía que no podía hacerlo.
Así que se agachó, agarró la camisa y tiró de ella.
—Paula no tardará en volver. No te vayas —le ordenó.
Clara no parecía tener muchas ganas de discutir. Continuaba mirando a su alrededor con los ojos abiertos como platos. Sobre todo cuando los fijó en el vestido desgarrado de Paula.
—Eh...
—Ahora mismo vuelvo —dijo Pedro.
Agarró el vestido y el sujetador y se dirigió hacia la puerta.
Esperaba que al menos a Paula se le hubiera ocurrido esconder las bragas entre los cojines del sofá, porque él no las veía por ninguna parte.
—¿Quién era? —le preguntó Paula, envuelta en una bata rosa, en cuanto Pedro llegó al final de la escalera. Su expresión de vergüenza no ocultaba del todo su diversión—. Dime que por lo menos no nos ha pillado alguien que venía haciendo apostolado de su religión.
Pedro sonrió de oreja a oreja.
—No. Aunque a lo mejor podría habernos servido de algo el que tú estuvieras pidiendo clemencia a las alturas.
Paula arqueó una ceja.
—Me temo que ése eras tú.
—No, yo era el que estaba gritando aleluyas dando gracias por los aparatos de aire acondicionado y los duros veranos de Georgia.
La sonrisa de Paula desapareció para ser sustituida por una expresión de desconcierto.
—Oh, Pedro, ¿qué demonios hemos hecho?
Pedro arqueó una ceja.
—¿Quieres el término técnico?
—¿Quieres terminar con un ojo morado? —Paula se pasó la mano por aquellos rizos revueltos que parecían estar suplicándole a Pedro una caricia.
—Lo que hemos hecho ha sido combatir el calor —admitió por fin—. Y contestar algunas preguntas que han estado flotando a nuestro alrededor durante los últimos diez años.
Como, por ejemplo, si realmente había sido tan increíble como lo recordaba. O si era posible que Paula fuera tan dulce, tan carnal, tan maravillosa.
Y la respuesta era sí. Claro que sí.
Pero Paula estaba sacudiendo la cabeza.
—Yo no pretendía... Esto no significa que...
Pedro tensó la barbilla.
—Ha pasado lo que ha pasado, Paula Lina. Así que, al diablo con lo que pretendíamos o con los arrepentimientos.
—No me arrepiento —respondió Paula, sorprendiéndole.
Pedro había imaginado que Paula preferiría volver a caerse en medio del supermercado a ser sincera—. Pero te aseguro que en lo último en lo que estaba pensando cuando vine aquí a esconderme era en hacer el amor contigo.
Aquellas palabras volvieron a sorprenderlo.
—¿A esconderte?
Paula se ató la bata con fuerza y bajó la mirada hacia el suelo.
—No, sólo era una broma.
Sintiendo que estaba a punto de averiguar las razones por las que realmente había ido a Joyful y por las que pensaba quedarse, Pedro la agarró por la barbilla y le hizo alzar la cabeza. Cuando se miraron a los ojos, le pidió:
—Cuéntamelo.
Tras exhalar un pesado suspiro, Paula admitió:
—Perdí mi trabajo y mis ahorros. Perdí a mi mejor amiga. Lo perdí todo. Estoy en la miseria y en una situación en la que nadie quería contratarme. Así que decidí volver a Joyful para... no sé, para esperar a que escampara la tormenta.
Pedro se quedó sin habla. Era lo último que esperaba. A Paula siempre se lo habían servido todo en bandeja de plata, nunca le había faltado de nada. Le costaba creer que una persona como ella pudiera encontrarse en esa situación.
Paula pareció advertir su incredulidad.
—Es verdad —desvió la mirada y enredó un rizo de su pelo en el dedo—. Pero hoy... bueno, digamos que me siento mucho mejor de lo que me he sentido en mucho tiempo. Me he sentido muy sola, perdida y asustada —le dirigió una pícara sonrisa—, además de caliente.
Aquel sugerente comentario no tuvo el efecto que, probablemente esperaba. Aquellas bromas no podían hacerle olvidar lo que Paula acababa de admitir.
Estaba sola y hundida. Necesitaba un salvador, alguien que le hiciera sentirse mejor. Alguien en quien apoyarse.
La misma historia de siempre. Una vez más, estaba representando el papel de héroe para Paula Lina Chaves. En aquella ocasión, no se había presentado en su casa con un ramo de flores para llevarla al baile. En cambio, había conseguido olvidar sus preocupaciones compartiendo con ella unos minutos de sexo.
Pedro cerró los ojos, tomó aire y apartó la mano de su pelo.
Paula no pareció advertirlo, porque le preguntó en un tono completamente natural:
—¿Quién estaba llamando a la puerta, Pedro?
Pedro por fin recordó por qué había ido a buscarla. Le había bastado verla con aquella bata rosa para olvidarse de que ya no estaban solos en la casa. Y tras su confesión, se había olvidado de todo, salvo de lo vacío, furioso y utilizado que se había sentido la última vez que había sido suficientemente estúpido como para enredarse con Paula.
En aquella ocasión no era a él a quien Paula deseaba. Ella quería a Nico. Y tampoco le había buscado a él aquella tarde. Paula sólo quería un cuerpo que la consolara.
Si aquélla hubiera sido una situación normal, probablemente Pedro hubiera pasado lo último por alto, se la habría llevado a la cama y habría hecho el amor con ella todas las veces que necesitara. Pero con Paula no.
No podía hacerlo otra vez. Cuando era un joven estúpido le había desgarrado el corazón. No podía ni imaginar el daño que sería capaz de hacerle diez años después.
No, ya no más.
—Era Clara —respondió, esforzándose por mantener la voz firme—. Está... en el piso de abajo. Creo que tiene problemas y necesita una amiga.
Bien por Clara. Porque él no podía quedarse allí y permitir que Paula averiguara lo que le estaba rodando por la cabeza. Que, por supuesto, no era que terminaran gritándose el uno al otro como la noche del baile.
Había madurado, ya no necesitaba enfrentarse a Paula. Sólo necesitaba alejarse de ella.
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